No vine aquí buscando la naturaleza. Vine buscando la simplicidad.
Y la simplicidad me trajo aquí.
Al principio no era consciente de lo que implicaba. La ciudad tiene una comodidad invisible, el agua sale sola, la calefacción se enciende sola, la comida aparece en una tienda a cinco minutos. Todo está resuelto de antemano. No tienes que pensar en ello.
De eso hablo también en este artículo.
En el monte no.

Aquí el agua hay que buscarla en la fuente para que sea potable. La leña hay que prepararla antes de que llegue el invierno, cuando todavía hace calor y parece innecesario. Las fresas hay que regarlas para que existan. Los almendros hay que recogerlos cuando toca, no cuando te va bien.
Nada llega solo. Todo tiene un gesto detrás. Y ese gesto te hace consciente de algo que antes dabas por hecho.
Tomar conciencia del agua. De la energía. De los alimentos. De los ritmos de cada estación. No como una filosofía de vida ni como una declaración de intenciones. Sino porque si no lo haces, en invierno pasas frío.
Eso te cambia.
Mi forma de dibujar y mi forma de vivir van en la misma dirección. La síntesis, lo esencial, los personajes quietos. No sé qué llegó primero. Pero los dos van juntos.
La naturaleza no decora mi vida. Es mi ritmo.
