Hace tres años plantamos los primeros frutales. Sin saber muy bien lo que hacíamos, con las manos en la tierra y muchas ganas.
Los almendros ya estaban cuando llegamos. Grandes, establecidos, generosos. Cada otoño nos dan almendras como si llevaran haciéndolo siempre, porque llevan haciéndolo siempre.
Ahora hay olivos que van creciendo despacio, a su ritmo. Y alrededor de los frutales, un bosque comestible que estamos construyendo poco a poco, plantas que se cuidan entre ellas, que comparten raíces.
No sé si lo estamos haciendo bien. Pero sé que cada vez que salgo a cortar romero para cocinar, o recojo moras silvestres del camino, o preparo una infusión con la manzanilla que crece sola junto al sendero, algo en mí se tranquiliza.
Hay una diferencia entre comprar tomillo en una bolsita de plástico y cortarlo tú misma con los dedos todavía fríos de la mañana. No sé explicarla bien. Pero está ahí.
Dejé de comer carne hace tiempo. No por militancia, sino porque dejó de tener sentido para mí. Estudié alimentación basada en plantas y encontré en ello una coherencia que buscaba, con lo que como, con donde vivo, con lo que dibujo. La misma búsqueda de lo esencial que encuentro en mi ilustración.
Todo va en la misma dirección.
El bosque todavía es pequeño. Los frutales están creciendo. Creo que nosotros también.
