En mi ilustración de personajes nunca ha habido nombres. No ha sido una decisión que he tomado un día. Es algo que nunca me he planteado hacer de otra manera.
Mis personajes no tienen nombre. No tienen historia escrita, ni profesión, ni edad. Están ahí, en una postura, en un gesto, mirando hacia algún sitio. Y eso es todo lo que sé de ellos.

Si les hubiera puesto nombre, habrían sido de alguien. Con nombre propio habrían venido una historia, una identidad, un contexto. Y entonces habrían dejado de ser tuyos.
Sin nombre son cualquiera. O mejor dicho, son quien los mira. Les pones tu propia historia, tu propio estado de ánimo, tu propio silencio. Lo que ves en ellos lo traes tú, no yo.
Eso es lo que me ha interesado siempre. No contar. Dejar espacio para que cada persona encuentre su historia.
Como en la música, donde una misma melodía puede hacerte pensar en cosas completamente distintas según el día. Mis personajes han funcionado siempre así.
A veces me preguntan si tengo favoritos. Si hay alguno que me haya costado más, que lleve más de mí dentro. La verdad es que no lo sé. Cada uno ha salido de un gesto, de un momento, de algo que tenía que salir. Y en cuanto está en el papel ya no es mío. Es de quien lo mira.
No sé cómo se llaman. Pero sé que son tuyos en cuanto los miras.
Si quieres saber más sobre cómo nacen mis personajes, puedes leerlo aquí.
