Cuando le digo a alguien que trabajo casi siempre en blanco y negro, la reacción más común es: «¿Y no te limita?»
Al contrario.
El color es maravilloso, pero también es ruidoso. Entra primero. Te distrae. Te guía hacia donde el artista quiere que mires. El blanco y negro, en cambio, te deja más libre. Te invita a completar la imagen tú mismo, con lo que traes dentro.

Si aún no sabes bien qué es una ilustración, puedes leer primero este artículo, antes de seguir leyendo.
Un personaje en blanco y negro no tiene un estado de ánimo impuesto por un tono cálido o frío. Lo que sientes al mirarlo lo pones tú. Y eso lo convierte en algo más personal, más tuyo.
Además, hay algo en la sencillez que obliga a ir a lo esencial. Si solo tienes líneas, cada línea importa. No puedes esconderte detrás de un color llamativo o una textura elaborada. La ilustración funciona o no funciona. Y cuando funciona, lo hace de una manera muy limpia.
Esa búsqueda de lo simple, en el arte y en la vida, es algo que me acompaña desde siempre. Quizás por eso el blanco y negro no se siente como una limitación. Se siente como casa.
