Tengo un ritmo propio. Variable, adaptable, mío.
El día tiene su propia lógica y yo me muevo dentro de ella. El trabajo encuentra su sitio en los espacios que deja el día. Y en esos espacios, dibujo, maqueto, respondo.
Es una elección. Una forma de decir que el trabajo forma parte de mi vida pero no es el centro de ella.
Lo que sí tengo es un sistema para no perderme. Una hoja, un lápiz, la semana visible de un vistazo. Decido al principio de la semana cuántas veces quiero hacer cada cosa. Y durante la semana lo observo. Si el jueves solo he hecho algo una vez y quería hacerlo tres, sé que me quedan los días que quedan para completarlo. Al final de la semana anoto lo que ha ocurrido y ajusto la siguiente.
El sistema me regula solo. La semana siguiente siempre empieza con más información que la anterior.
Si tienes curiosidad por cómo funciona, puedes leer el artículo aquí o descargarte la guía directamente.
