Dibujar por observación me entrena de una forma particular. Lo que ya conozco y lo que descubro por primera vez me enseñan cosas distintas.
Cuando dibujo mi gato, una planta, un objeto que tengo siempre delante, conozco la forma, la estructura, el volumen. Y eso me permite ir más lejos. Me entrena a comprender la estructura real de lo que tengo delante e intentar simplificarlo cada vez más. A quedarme con menos.
Con algo nuevo el proceso es diferente. Tengo que borrar de mi mente lo que creo saber y observar de verdad, ver lo que hay realmente delante de mí, lo que basta para que se comprenda.
Los dos ejercicios me enseñan cosas distintas. Uno me lleva hacia la síntesis. El otro me obliga a mirar.
Y cuando un dibujo no funciona, vuelvo a empezar. Con el mismo rotulador, la misma hoja blanca, el mismo tema. Los intentos que haga falta. Uno acaba siendo el elegido.
Eso también es parte del entrenamiento. Saber cuándo seguir y cuándo empezar de nuevo.
Dibujar por observación también me ha enseñado a confiar en el proceso. El primer intento no siempre es el mejor. El quinto tampoco. Pero cada uno me acerca a lo que busco. Y a veces el más sencillo, el que ha salido casi sin pensar, es el que funciona mejor.
Si quieres saber más sobre cómo trabajo, puedes leerlo aquí.
