Cuando un dibujo funciona, parece fácil. Una línea, algo que ocupa bien su espacio en la página. Lo que hay detrás es todo lo que ha pasado antes.

Los intentos anteriores. Las hojas que han ido a la basura. El momento en que una opción no es la que busco y vuelvo a empezar. Con el mismo rotulador, la misma hoja blanca, el mismo tema. Y a veces sale y a veces toca seguir.

El rotulador hace que cada trazo sea definitivo. Eso me lleva a decidir rápido, a confiar en lo que sale y seguir adelante.

Hay dibujos que salen al primer intento. Hay otros que necesitan cinco, diez, más. Los intentos son los que son.

El que termina en el cuaderno es el que he elegido entre todos los anteriores.
Si quieres saber más sobre cómo trabajo, puedes leerlo aquí.
