En ilustración hago lo que quiero. Carta blanca, sin correcciones, sin negociar el resultado. Es mi trabajo artístico y lo defiendo como tal.
En maquetación editorial es diferente. Y lo elijo así.
Trabajar con agencias significa entrar cuando el concepto ya está resuelto. El director artístico ha desarrollado la identidad visual, ha vendido la propuesta a su cliente, ha gestionado las expectativas. Yo ejecuto lo que está definido con precisión y fidelidad. No tomo decisiones creativas, no propongo, no reinterpreto.
Cuando una agencia me contacta, el trabajo ya tiene forma. Hay un concepto, una paleta, una tipografía, un tono. Mi trabajo empieza donde termina el suyo. Recibo los archivos, entiendo la lógica visual que han construido y la aplico con coherencia a cada página. A veces es un catálogo de 80 páginas, a veces un programa de 16. El tamaño cambia, la precisión no.
Eso no es una limitación. Es una elección.
En diseño gráfico hay un momento en que tienes que poner el ego artístico de lado. El cliente tiene razón aunque no la tenga, los cambios llegan aunque no los compartas, el resultado final no siempre es el que tú habrías elegido. Como ejecutora no me enfrento a eso. Se me pide ser fiel a la creación de otro y eso es exactamente lo que hago.
Dos formas de trabajar, dos roles completamente distintos. En illustration soy autora. En maquetación soy ejecutora. Y los dos tienen su lugar en lo que hago.
